Madreselvas, Amor y un Tarot (Prefacio)

Publicado el 8 de junio de 2026, 11:08

Decir que esta historia me la han contado las hadas que revoloteaban entre las madreselvas del jardin de mi infancia y que ya entonces mee contaban preciosas historias de amor y de aventuras es desnudarme hasta un punto que no soy capaz de sostener.

En ese entonces, yo te nía sueños extraordinarios estructurados en una continuidad de lógica absoluta. Tanto era así, a igual que al despertarme podía recordar lo que había soñado, las experiencais oníricas eran de tal fuerza que mientras las recorría configuraban para mí en ese momento la realidad más real; y allí podía recordar los episodios de vigilia como referencias de un plano incompleto, de calidad difuminada, chata, gris, angulosa y de escaso sentido, de estasísima verdad.

De mi habillidad para desconectarme de las asperezas de lo conreto hablaba muy claramente mi mirada perdida y mi gesto boquiabierto. Hablar me daba tal ansiedad que arrancaba tartamudeando y solo me desatascaba después de dar varias patadas furiosas al suelo, algo que incomodaba visiblemente a mi madre. 

Siendo así, y aún tentada de explicar que las hadas de las madreselvas me encontraban preciosa y que así me lo hacían saber insistentemente cada poco, prefiero atribuir el origen de esta historia, tan real como el pulso de mi sangre o el sabor de los higos al final del verano, a unos documentos que mi abuela materna, la yaya, quiso dejar a mi cargo. 

La yaya era todo un carácter: habituada como estaba a que los cientos de alumnos que habían pasado por sus manos -as lo decía- la obedecieran sin rechistar, era intolerante a cualquier cuestionamiento. Pero tenía una inclinación a la poesía que parecía estar rodeada de una nube rosa, como una memoria intemporal de belleza, ternura y asombro que invitaba a entrar en su mundo incondicionalmente, como un lugar donde las fantasías más chispeantes no solo tenían una cabida honrosa y holgada, sino que en ocasiones traían el color y el latido necesarios para hacer habitable lo que de otro modo era puntiagudo, seco y, sobre todo, incomprensible. 

En esa época de sueños recurrentes, a veces terribles y de consistencia real absoluta, la yaya traía el excipiente adecuado pra acceder a registros de la realidad tan arrolladoramente ehrmosos, consitentes y gratos, que de una forma fluida y directa dejaban fura de juego las oscuridades de la noche. Su lógica intelectual, su universo de referencia inmenso y cultivado y sus personalísimas leyes de convivencia ancladas en su autoridad irreductible, estaban bañadas en una mística y una fe en la bondad de la Creación, que lo ponía todo en orden.

Con todo, y con un talento fascinante para contar historias, creo que lo mejor que sabía hacer la yaya era disfrutar de la vida con todos los sentidos: del agua del mar, de la comida, de las caricias que curan, de compartir sus recuerdos y sus anhelos fantasiosos...

Pero, por más seguridad y acogida que su mirada brindara a la delicia de la vida en cualquiera de sus formas reales o imaginarias, creo que nunca me atreví a compartir con ella la existencia de mi relación con aquellas vidas elementales. Para ella, las madreselvas, además de ser bellísimas, eran fuente de una fragancia única y depósito de una ambrosía deliciosa. Para mí también; la diferencia era qu eyo necesitaba ser invitada activamente por las hadas del entorno para llegar a arrancar una flor y succionar el misterioso almíbar. Y lo hacía en medio de lo que ahora reconozco omo un rito de gratitud por una experiencia sensorial que no era comparable con nada. Debió ser muy fácil darme cuenta de que ese mundo sólo me pertenecía a mí y nadie me iba a creer. Menos aún me iban a hacer caso si lo mostraba tratando de dosificar algo que ya venía en microdosis por naturaleza.

Es ocioso entonces aclarar que no encuentro ningún indicio -ninguan razón por descontado- que me haga pensar que puedo referencairme para eta historia en el dictado de estos preciosos seres que viven cerca de las flores y que tienen clara preferencia por las madreselvas. 

Por eso, y porque no tengo más intención en esta fase de mi vida que saber quién soy -saber dónde la vida me agita, me conmuev ey me marca el paso- prefiero explorar en los recovecos de mi estirpe femenina. Así las cosas, decía, lo que vengo a compartir, misterioso y simbólico por naturaleza, ha requerido escuriñar los escritos y  dibujos contenidos en un maletín de madera que mi abuela materna me pidió que abriera cuando ella abandonara esta existencia. .